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Cambia tu vida (1ª parte)

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Existe una verdad universal, y por lo tanto inmutable, que el filósofo Heráclito (480 a. C.) expresó con las siguientes palabras:

“Lo Único Constante es el Cambio”

Y es cierto, absolutamente todo está en constante cambio en «constante inconstancia». Incluso cuando piensas en objetos como una mesa o una piedra que percibimos como inmóviles e inertes, en su composición a nivel atómico, millones de electrones giran indefinidamente alrededor de su núcleo…

Nosotros también estamos regidos por esta Ley, no sólo en nuestra faceta física envejeciendo a cada momento, sino también, por ejemplo, en la faceta psicológica. Es en ésta última donde los cambios podríamos categorizarlos en tres estados:

  • Crecimiento: donde la persona ha puesto rumbo hacia su proyecto de vida y con ello, su autorrealización personal. La persona es consciente de que la Vida conlleva obstáculos y desafíos que está dispuesta a superar mostrando una cierta madurez emocional. Aquí la persona “VIVE”.
  • Bloqueo: estado en que la persona siente que la Vida le “pasa por encima”, i.e. que debido a algún suceso traumático la persona se queda atascada en el tiempo mientras asiste como un espectador el paso de los años, uno tras otro. Aquí diríamos que la persona, aunque respira no “VIVE”, simplemente “DURA”.
  • Regresión: en este caso la persona evita sus circunstancias presentes y retrocede psicológicamente a etapas anteriores ya superadas comportándose de manera más infantil.

La Vida con sus incesantes cambios pone a prueba nuestra capacidad de adaptación y ésta es muchas veces el motivo que trae a una persona a la consulta del psicólogo, con la expectativa de adquirir nuevas herramientas y crecer ante la dificultad. Sin embargo, también es cierto, que otras personas con mayor “resistencia al cambio” acaban utilizando su posición familiar, social, laboral… para manipular su entorno (por medio de coacciones, amenazas, chantajes… muchas veces velados) y con ello, provocar que sean los demás los que tengan que cambiar. Normalmente, este tipo de personas ejercen su manipulación sobre aquellos que considera que están “por debajo” de ellos, i.e. sus trabajadores, su pareja… o lo que puede ser más grave, sus propios hijos. Al final, por no buscar ayuda para afrontar su crisis personal es capaz de poner en crisis a sus círculos sociales más cercanos, con el pronóstico más que probable de quedarse postrado, más pronto que tarde, en una profunda soledad y rechazo.

Tengo que admitir que para mí tampoco es nada fácil entregarme al CAMBIO, ya que el miedo a la incertidumbre y, la siempre seductora “Zona de Confort” hacen que el CAMBIO se convierta en algo a evitar por todos los medios, máxime cuando no sabemos si el resultado va a ser grato para nosotros. Es entonces cuando nuestro diálogo interior empieza su repetitivo discurso con mensajes del tipo “Igual es mejor que me quede donde estoy… ¿Para qué?… No estoy tan mal… No es para tanto…”

Desde un punto de vista neuropsicológico tenemos que, el cerebro tiene como función primordial la de preservar nuestra supervivencia y es por ello que, ante una situación de cambio, al tratarse de una nueva experiencia el cerebro no la tiene registrada en forma de circuito neuronal y por ello, el mensaje por defecto que va a emitir a través de los neurotransmisores, va a ser el de miedo, cautela, alerta… reflejándose simultáneamente a nivel somático con un incremento del ritmo cardíaco, de la tensión muscular, de la frecuencia respiratoria, la sudoración…

Algo que está científicamente demostrado es el hecho de la plasticidad de nuestro cerebro. Esto significa que nuestro cerebro es como una esponja moldeable, es decir, que todo aprendizaje nuevo, todo cambio, va a suponer la formación de nuevos circuitos neuronales que, si éstos son reforzados mediante la repetición, las células del cerebro van a enviar y recibir información relacionada con este nuevo aprendizaje de una manera más eficiente, pudiéndose convertir en un hábito. Ésta es la razón por la cual la psicoterapia no se focaliza en desactivar los “malos hábitos” o los viejos patrones, sino que se enfoca en crear nuevos pensamientos que generen nuevas emociones, que a su vez desencadenen nuevas conductas y finalmente, el CAMBIO. Y con el CAMBIO, la formación de nuevas vías neuronales que con la repetición, fortalezca e instaure el nuevo hábito y simultáneamente, desvanezca progresivamente el “mal hábito”. Además, cabe añadir el importante factor protector de la salud de nuestro cerebro que supone el propio aprendizaje que conlleva cualquier CAMBIO en nuestra vida.

Otra característica primordial de nuestro cerebro es que optimiza nuestros recursos, de manera que cuando hacemos algo frecuentemente de manera voluntaria, el cerebro consigue automatizarlo, dejando disponible la energía que previamente empleábamos. Es en ese momento cuando el hábito queda instaurado en nuestra personalidad.

Es decir, debemos ser conscientes de que ante un CAMBIO, en una primera instancia vamos a tener a nuestro cerebro “en contra”, ya que por una parte, nos va a “meter miedo” y por otra, (como optimizador de los recursos) no va a querer emplear cierta cantidad de energía en algo que le pueda generar estrés (y con ello todo el consumo energético extra al alterar el estado basal de nuestro organismo) a la hora de afrontar un CAMBIO en nuestras vidas.

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